sábado, 14 de octubre de 2017

Ministerio Pastoral en la Iglesia Episcopal Costarricense: Desafío

Ministerio Pastoral en la Iglesia Episcopal Costarricense: Desafío



El centro de la actividad pastoral del sacerdote se encuentra en el salón parroquial.



Daniel Montero Bustabad



En una Iglesia Episcopal Costarricense (www.episcopalcostarica.org), un sacerdote acababa de predicar y ofrecer Misa. En la sacristía se cambió de ropa. Se dirigió  al salón parroquial. Alzó su mano, la movió despidiéndose de las personas, y se marchó.


Suponemos que las acciones del prelado indican que, a su juicio, el centro de la Iglesia, es decir, lo más importante de ella, se encuentra en el altar y, en un nivel también destacado, el púlpito. Sin embargo, el salón parroquial, las personas que lo frecuentan, no es relevante, ni lo que ocurre o no ocurre allí.


Considero que esta ilustración hipotética nos muestra el principal desafío actual del ministerio pastoral en la Iglesia Episcopal Costarricense. Tan importante que diría que también es uno de los principales retos del laicado. El elevar la amistad y el compartir de las personas, antes y después de Misa, al mismo nivel de importancia que los sacramentos y la predicación, constituye el reto por excelencia de la actualidad. Tan grande es el reto, que dar respuesta al mismo exige toda una reorientación de la teología anglicana y, por ende, de la eclesiología.


Tan abundante tarea no cabe ser acometida en una obra como la presente, en la cual predomina la orientación y la sugerencia, más que la elaboración de un tratado voluminoso. Sin embargo, apuntaremos algunas orientaciones o reflexiones en las cuales otros, si así lo desean, podrán profundizar mediante el don de la escritura y la conversación.


La teología o forma de concebir a Dios en la Iglesia Episcopal Costarricense, en su laicado y ministerio ordenado, tiende a centrarse en lo sobrenatural. Así, el Señor se concibe como un espíritu sobrenatural que opera de forma inexplicable y milagrosa. No se pretende sustituir esta expresión, pues la misma contiene mucha verdad. Empero debe ser complementada con otras concepciones. Tampoco propugno seguir a un autor específico, aunque sí sugiero que la necesaria reorientación teológica y de eclesiología debe ponderar las tesis de Mordecai Kaplan, por su reorientación hacia el pueblo de Dios, en nuestro caso la Iglesia, haciéndolo el centro de la teología. El Señor es una función natural, un proceso abierto, que opera en el pueblo y para el pueblo, en procura de su salvación, entendida como la plena realización personal y colectiva de la comunidad eclesial, en un camino ético individual y comunitario. De esta forma se produce un giro copernicano de la teología, reorientándolo hacia la persona y el pueblo, y la satisfacción de sus necesidades espirituales y mentales, por la vía ética.


Kaplan concibe la religión como el proceso abierto en el cual un pueblo se hace a sí mismo consciente de su existencia y de la necesaria orientación del camino de la colectividad por la vía ética, mediante la sabiduría. Ésta se entiende como la capacidad personal y comunitaria de satisfacer las necesidades individuales y colectivas de una forma sustentable mediante la templanza, sin caer en la agresión y la codicia. Incluso eleva su requerimiento a una comunidad de naciones que sujeten en sabiduría sus intereses a la ética. Recuerda el verso profético y lo redefine en términos actuales: “No por la ‘ética’ del poder, sino por el poder de la ética”.


Trasladando sus tesis a nuestra Iglesia, sostenemos que la Iglesia Episcopal Costarricense se arraiga en Dios, pero sirve al pueblo Suyo, como pueblo separado, consagrado a una misión especial de salvación.


¿Qué implica lo anterior? Nada más y nada menos que un cambio de paradigma respecto a cómo los laicos de la Iglesia Episcopal Costarricense entienden su función, y a cómo los ministros ordenados enfocan su ministerio.


Por parte de los laicos, la Iglesia ha de dejar de ser, como hasta ahora, un lugar no importante en sus vidas, al cual se acude una vez al mes o menos para escuchar el sermón, comulgar y conversar sólo con sus amigos. Por el contrario, debe haber una conversión diaria individual por parte de cada miembro, de modo que, para los no convertidos, el Señor pase a ser lo más importante de sus vidas, cultivando una relación personal íntima con Él mediante la lectura de la Biblia y la oración. La Iglesia ha de ser concebida como el pueblo al cual pertenecemos; acudimos a la congregación a escuchar el sermón, no para satisfacer nuestras necesidades, sino para crecer en Cristo, compartir con el pueblo, y orientar nuestras vidas como individuos y colectivo (como pueblo episcopal), en el camino de la sabiduría ética. La Iglesia debe convertirse en nuestra segunda casa, más importante aun que el trabajo o cualquier lugar de esparcimiento. El hogar debe tornarse en un templo de virtud, y la Iglesia en nuestro segundo hogar donde convivimos con el pueblo de Dios.


Bajo el paradigma que propugnamos, el salón parroquial deviene para el laico tan importante como el altar y el púlpito. El convivir con los demás en el salón parroquial o cafetería de la congregación, con feligreses habituales o no, con conocidos y desconocidos, con miembros constantes y con advenedizos, forma parte del centro de la experiencia de vida en comunidad episcopal, tan relevante como los sacramentos y la predicación. Es hacer amigos de los desconocidos, forjar poco a poco lazos de amistad sólidos, firmes y duraderos, creciendo todos juntos como comunidad en sabiduría ética.


La relevancia de lo anterior para definir correctamente el centro de la actividad pastoral resulta, así, clara. Tan importante como la ministración del sacerdote en los sacramentos, tan relevante como su predicación, son sus actividades en el salón parroquial. Para ello podemos formular algunos aspectos de dicha función:


Primero. El pastor ha de comenzar reuniéndose con los miembros constantes de su parroquia, e instruirlos en lo que acabamos de comentar. Entre todos hemos de forjar, en oración y en preparativos, ese ambiente especial para recibir a quienes acudan al salón parroquial. El sacerdote, junto a este equipo de fieles, ha de ser el promotor de relaciones de amistad pura respecto a quienes, frecuente u ocasionalmente, acudan a la cafetería. Aquí cabe el evangelismo discreto y sabio, no un adoctrinamiento agresivo, sino el sencillo compartir la fe con quienes acuden al salón, incluso con personas de paso, desconocidas. Aquí radica la función de promotor de amistades por parte del sacerdote. Con un ambiente previamente preparado para el salón parroquial, bastará una sencilla y cálida invitación del oficiante a acudir a la cafetería después del servicio, con una corta admonición sobre el papel de la convivencia y la amistad en la vida cristiana.


Segundo. El ministro ha de velar por sí mismo o por delegados de confianza, acerca de la realización frecuente de actividades sociales para la camaradería de los feligreses y visitantes, especialmente con temas relacionados con las diversas festividades del año litúrgico. Ha de garantizarse que las personas pobres sean subsidiadas para participar en condiciones de plena igualdad con los demás.


Tercero. Se deben realizar actividades periódicas para el crecimiento espiritual colectivo de los miembros, así como respecto a temas de salud y cultura en general. La Biblia debe ser enseñada, así como el Libro de Oración Común (LOC). Los tesoros de sabiduría y liturgia que contiene el mismo son pasados por alto mediante un rezar frecuentemente rutinario. Ha de explicarse el sentido profundo, espiritual, radicalmente transformador, que se encuentra en los textos que oramos. Destacan las labores de concientización, explicando cómo el Evangelio implica un cambio radical de las estructuras políticas, económicas, jurídicas y sociales del mundo y lo que se puede realizar al respecto en cada Iglesia, de forma práctica.  Las actividades deben ser frecuentes, con una periodicidad de al menos una al mes.


Cuarto. Dada la amplia raigambre caribeña del pueblo episcopal costarricense, muchas congregaciones, especialmente las dos mayores, podrían expandir su visión, para convertirse en el centro de la cultura caribeña en Limón, San José y otras poblaciones. De este modo la Iglesia podría atraer a personas no convertidas mediante actividades muy frecuentes en torno a la cultura caribeña y su celebración, combinados con un componente espiritual breve y la renovada explicación de nuestra espiritualidad como cultura especial. El componente caribeño del pueblo episcopal nos llama a convertirnos en la casa cultural del ser-caribeño, y a atraer a nuevos miembros mediante un sabio evangelismo.


Quinto. El forjar amistades en el salón parroquial por parte del ministro, lleva a que éste sea consciente de todo tipo de necesidades por parte de quienes acuden al mismo. Si el sacerdote detecta necesidades espirituales o psíquicas, corresponde invitarle a futuras conversaciones en privado de dirección espiritual. Respecto a las frecuentes necesidades económicas, la Iglesia debe dar respuesta efectiva a dichos requerimientos.



Daniel Montero Bustabad

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