jueves, 22 de septiembre de 2016

Mensaje a las Ancianas y Ancianos

Mensaje a las Ancianas y Ancianos



Cuenta la tradición, la mitología y la leyenda, que hace mucho, mucho tiempo, en un pueblito lejano, muy lejano, al otro lado del mundo conocido, vivían plenos y realizados los seres más tiernos, dulces y cálidos, gozándose en la paz interna que les proporcionaba la tradición a la cual se identificaban con inocencia. Gracias a la misma, amaban a D-os con todo su corazón, y al prójimo como a sí mismos. Esa tradición se remontaba a la más vetusta antigüedad, y los unía con lazos de fraternidad y armonía en un pueblo ejemplar.

Sin embargo, en medio de ellos surgió un villano que, envidioso de la inocencia y amor a D-os que manifestaban esos seres, decidió tratar de amargarles la vida con mentiras. Urdió una fórmula falsa, que en forma de mentiras susurró en los tiernos oídos de los habitantes de la región, especialmente los más jóvenes. Las mentiras decían cosas como: “Ser solidario y amoroso no sirve, pues es el dinero lo que nos hace importantes”; otra mentira: “somos lo que tenemos, consumir cosas caras nos hace importantes”; o: “seamos consumistas, para ser aceptados por los demás”. Propagó también mentiras como: “La realización en la vida viene del poder que da el dinero”, “el dinero nos hace importantes ante los demás”, “el amor se compra”, “seremos más aceptados cuanto más tengamos”, “lo que se compra llena nuestro vacío interno” y demás.

El efecto de las mentiras fue fulminante. Los jóvenes perdieron la alegría de vivir y se amargaron por no ser ricos. Se pelearon unos contra otros por buscar el dinero escaso y el poder; trataron de comprar el amor, para  sentirse llenos por dentro, y en cambio se sintieron más y más vacíos.  Proliferaron el crimen, la violencia, el vacío interno y la muerte. La vida de los jóvenes se convirtió en una desgracia.


En ese momento de la historia de aquel pueblito lejano, en el cual los jóvenes habían flaqueado, Jesús hizo sonar en los cielos el shofar llamando a la batalla espiritual. Esa señal de alarma fue captada en la tierra, en ese pueblito recóndito, por las únicas y los únicos amigas y amigos de Jesús que estaban 24/7 conectados al Señor, y percibieron la voz de alarma y el llamado a responder a esta situación de emergencia.

Estas amigas y amigos de Jesús tenían algo en común: Eran de edad avanzada, con amplia experiencia, y esa amplia experiencia les había mostrado que el amor no se compra, que el dinero no llena por dentro, que las amistades tampoco satisfacen, sino sólo D-os. Eran los únicos que no creyeron las mentiras propagadas por el envidioso, y se mantuvieron fieles a la causa del amor al Señor y al prójimo, en solidaridad para con los demás.

Comprendieron que su edad avanzada era su principal fortaleza, pues esa edad avanzada es el testimonio viviente de lo siguiente: Primero. No se puede comprar nada que llene el vacío interno, ni se puede comprar el amor, ni se puede comprar nada que nos llene por dentro. Segundo. Lo que da sentido a la vida es la conversión diaria, y es necesario ser de edad avanzada para demostrar con la experiencia de la vida que el sentido de la vida es Jesús. Tercero. Vale la pena vivir la tradición en comunidad. La tradición arranca en la Biblia y consiste en vivir en amor a D-os y al prójimo, en solidaridad, junto a otros que comparten esa experiencia. Ese vivir juntos es la tradición. Cuarto. La justicia consiste en una larga experiencia, que involucra diversas generaciones, experienciando la vida de uno por muchos años, en el camino del amor al prójimo y solidaridad. Fruto de esa experiencia, individual y compartida, de amor al prójimo y solidaridad, brotan máximas de experiencia o topoi, que nos indican cómo comportarnos, sentirnos y pensar ante las situaciones concretas de vida, cómo comprender nuestro devenir vital y forjar un proyecto de vida.

Estas son las herramientas para un futuro cristiano, que solo están en las manos de las amigas y amigos de Jesús de más años, ese es su aporte especial de esas hijas e hijos tan amados.

¿Cómo termina esta historia?

La respuesta está en cada una de nosotras y nosotros. Será un final feliz si aceptamos el llamado de Jesús.



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