lunes, 16 de abril de 2012

Trabajo Social.

Recientemente el regalo de la vida cotidiana me ha otorgado el privilegio de conocer damas distinguidas que estudian trabajo social. La mayoría piensa dedicarse a la materia a tiempo completo; una de ellas laborará en otro campo; empero, de su conducta y valores se destila el amor al prójimo; por ello se prevé que el trabajo social va a formar parte de su existencia, por la importancia que ella confiere al amor al prójimo. Esto es precisamente lo primero a destacar: Toda persona que ama al prójimo es un trabajador social. La Iglesia es una trabajadora social, pues es el Cuerpo de Cristo, radicando su misión en ser las manos y los pies de Cristo para las personas sufrientes. El pecado original hace de cada humano un ser que, de un modo u otro sufre; padece soledad, además de un dolor. Por ello cada individuo necesita el Cuerpo de Cristo. Solos no podemos, por lo que la Iglesia integra nuestra identidad.

En honor a estas damas tan distinguidas quisiera compartir unas reflexiones sobre la importancia del trabajo social y su estudio:

1. Como se indicó, cada persona que se toma el amor al prójimo en serio, es un trabajador social. Debemos servir a los demás; esa es nuestra identidad. Quien no se ama a sí mismo y a los demás abandona la dignidad humana, se pierde en la superficialidad y se condena. Trabajo social es amor al prójimo en acción. Se ejerce el trabajo social como función pública cuando la acción de cooperar con otras personas emplea potestades y/o recursos públicos. Sin embargo, el trabajo social como tal se practica, en un sentido amplio, por toda persona que se abre a dar y recibir de otros, incluyendo aquellos que, de un modo u otro, se encuentran en situación de sufrimiento, exclusión o riesgo social.

2. La Iglesia como Cuerpo de Cristo es una trabajadora social. La Iglesia verdadera se distingue de las “iglesias” falsas en su capacidad de ayudar de forma práctica (efectiva), y de conmover el corazón, de las personas sufrientes, siendo para ellas las manos y los pies de Jesús en la actualidad.

3. La mejor indicación que se puede dar a quien estudie servicio social es que, en cada materia que curse, investigue, antes que nada, con carácter prioritario, cuál es el punto de partida de la materia. El punto de partida son las ideas básicas (las que se toman por sentado y no se cuestionan), a partir de las cuales arrancan las reflexiones complejas que integran esa asignatura o materia que se estudia.

4. El punto de partida de cada materia (asignatura) que se estudia debe ser analizado con cuidado, para ver si resulta o no compatible con el amor al prójimo o si, por el contrario, oculta ideas que, directa o indirectamente, legitiman o avalan la cultura de muerte y opresión que caracteriza a las sociedades actuales. Ideas paganas son: a. Aquellas que aceptan que en una sociedad exista un porcentaje de personas sin trabajo y que no reciban ayuda para vivir (paro estructural, exclusión social), pues son formas modernas de opresión, maltrato. b. Las que marginan de apoyo a colectivos de discapacitados o personas con necesidades especiales. c. Permiten mecanismos colectivos de manipulación: consumismo como conjunto de ideas y sentimientos inculcados intencionalmente por Gobiernos, multinacionales y otros medios de “comunicación”. d. Otros.

5. Resulta más difícil analizar (pero importantísimo), el punto de partida de la profesión de trabajador social. Es decir, se trata del punto de partida, no de una asignatura o materia concreta, sino del ejercicio de la función de trabajador social en el país. La experiencia en España durante unos meses como monitor de un taller de filosofía básica para personas sin hogar, sembró inquietudes, pues mis amigos se mostraban tristes por los trabajadores sociales que conocían; los decepcionaron no solo como profesionales, sino también como personas. Por lo que conocí de gente de trabajo social, mi impresión va en el mismo camino. Ello no ha de entenderse como una crítica a quienes honradamente estudian o ejercen la profesión, sino como un recordatorio de la importancia de la profesión, y de la necesidad de analizar el punto de partida del ejercicio de la profesión como tal.

6. Mi impresión personal, subjetiva, pero que comparto con el propósito de someterla a un proceso de falsación para determinar si resulta objetiva, es la siguiente: Se enseña a los futuros trabajadores sociales a ejercer su profesión bajo una doble premisa: a. El trabajo social se ejerce con distancia profesional respecto a las personas que reciben el apoyo (usuarios, clientes). b. El trabajo social que se ejerce con esta distancia profesional consiste en ejecutar los protocolos, normas y procedimientos establecidos para el apoyo a las personas.

7. Mi tesis consiste en sostener que este punto de partida impide, incluso a las honradas y buenas personas, ejercer bien el trabajo social. El punto de partida incapacita a los trabajadores sociales a ayudar a los demás. El punto de partida, voluntaria o involuntariamente, contribuye al egoísmo de la sociedad que, como tal, excluye y oprime a las personas que necesitan apoyo. Si Jesús hubiese seguido este punto de partida, habría pecado y renegado de su carácter de D-os Encarnado. Si se hubiese aplicado este punto de partida, nunca habría nacido la Iglesia, Cuerpo de Cristo.

8. Es cierto que, por salud mental, el trabajador social necesita dedicar no solo el tiempo necesario para el descanso, sino que también, no cabe “llevarse el trabajo a la casa”, a saber, estar constantemente pensando en su tiempo libre en las situaciones que se le presentan. Debe vivir su propia vida, sin estar constantemente pensando, en su tiempo libre, en las necesidades de los demás. Somos humanos, por lo que requerimos ese espacio de descanso para reponernos. De lo contrario se quema y muere el trabajador social. También resulta verídico que cada persona debe tomar las decisiones de su propia vida, sin que el trabajador social pueda elegir por los demás. Por ello resulta imprescindible este aspecto de respeto y de dejar a cada persona escoger su camino. Estas dos necesidades conllevan que el trabajador social guarde una cierta “distancia”, pero el término no es adecuado. Resulta mejor expresar que el trabajador social debe respetarse a sí mismo y a los demás, sin decidir por otros, ni obsesionándose pensando en las necesidades de otros constantemente en su tiempo libre. El problema es que se interpreta mal el concepto de “distancia”, de modo que en la actualidad tiende a equivaler a falta de interés, de involucramiento, de empatía y de entrega por parte del trabajador social. Con la falacia ideológica de la “distancia” el trabajador social deja de luchar a favor del cliente y lo abandona a su suerte. Por ello ese tipo de trabajador social es rechazado, con toda razón, por los necesitados, y rechazado no solo como profesional, sino también como ser humano. Insisto en que ello resulta cierto. La vida de Jesús, como se aludió, es completamente opuesta a este trabajador social que guarda la “distancia profesional”. Él se interesa por los demás, tanto que les dedica sus fuerzas, tiempo, recursos… y su vida.

9. El complemento perverso a la falacia de la “distancia profesional” se encuentra en concebir el trabajo social como la labor mecánica de aplicar protocolos, normas y procedimientos. Los protocolos, normas y procedimientos son buenos. Pero, utilizados por personas que ejercen “distancia profesional”, se convierten en fines en sí mismos, de modo que ya no se ayuda a los clientes; simplemente se les “aplican” protocolos, procedimientos y normas. De este modo, en realidad, ya no se les ayuda, por cuanto la vida y las personas son tan complejas, que una labor mecánica de “aplicar” lo anterior (casi) nunca va a servirle a un ser real, de carne y hueso. De este modo el trabajador social se convierte en un agente de cinismo de la sociedad, en un sacerdote de la religión de la cultura de la muerte, al dejar de luchar, interesarse y amar a las personas, sustituyendo el amor por papeles.

10. Lo anterior muestra la importancia de que los trabajadores sociales honrados, y quienes estudian la profesión, ejerzan siguiendo el protocolo de Jesús, el amor incondicional, la sinceridad, la inclusión y la verdad. No hemos de desanimarnos por las ovejas descarriadas, pues a cada cerdo le llega su San Martín; la superficialidad es el mismo infierno y castigo para quienes rechazan el amor al prójimo.

11. Hemos de estar preparados para no aceptar la mentira social de que nosotros somos los “buenos” y otros, por ejemplo, quienes roban, son los “malos”. La sociedad actual deja sin ayuda a miles de personas, de modo que, más frecuentemente de lo que creemos, se roba para sobrevivir. Otras formas de delito son generadas por falta de educación, apoyo y, precisamente, trabajo social, para personas y grupos en pobreza o en riesgo social. De modo que ellos no son “malos”. Son personas como los demás. Más bien somos nosotros quienes tenemos podemos ser moralmente delincuentes, por no compartir con los necesitados. Es importante enseñar a todos a sanarse por dentro, recuperarse, y ganarse la vida sin robar. Pero el punto de partida debe ser el respeto por el cliente, rechazando el prejuicio de considerarle culpable de algo.

12. Otro error que no podemos cometer es pensar que el trabajador social “ayuda” mientras el cliente “es ayudado” o que nosotros somos los que “sabemos” y los clientes tienen que “aprender”. Cada persona, sea quien sea, enseña y aprende. Cada cual debe concentrarse en aprender de todos, sean quienes sean, y en enseñar, viviendo sin prejuicios. Veamos:

a. No puede pensarse que el cliente es culpable de su situación. Este prejuicio impide de raíz a una persona ejercer como trabajador social, pues, de entrada, se está cerrando a los demás. Cada persona es un mundo, y vivimos en la cultura de la muerte, en una sociedad que, de múltiples formas, oprime y agrede a otros, hundiendo y quitando la capacidad de reponerse y seguir adelante.

b. Por otra parte, todas las personas vivimos en un solo barco. De la unidad de D-os (Deuteroniomio 6:4) se deduce la unidad de la humanidad, compartiendo la dignidad humana, la imagen de D-os que radica en cada ser humano (Génesis 1). Cuando lucho junto a otra persona por salir adelante, estoy luchando por mi propia salvación, pues todos somos uno. O todos salimos adelante abriéndonos al Reino de D-os, o todos nos hundimos en la miseria moral y en el holocausto de esta cultura de la indiferencia y la muerte, en la que impera la blasfemia de Caín. Todos vamos juntos, luchando por salir juntos adelante; o vencemos todos, o todos nos hundimos, pues vamos unidos.

c. Tampoco puedo suponer que mis propuestas de gestión son las correctas y que el cliente debe imitarlas. El cliente bien puede haber generado mejores propuestas para salir adelante. Debemos analizar.

d. Se ha de rechazar la tentación de tantos psicológicos (famosos por ello son los cognitivistas) que tienen un modelo de lo que debe pensar y hacer una persona, rechazando todo lo que se salga de sus prejuicios (“creencias irracionales”). Recordemos la psicología diferencial. Cada persona es diferente. Las ideas o formas de esa persona de interpretar la realidad pueden ser más coherentes que las nuestras. Sus propios recursos internos pueden ser mejores. Debemos estar abiertos, no generalizar.

13. Lo que marca la diferencia en el mundo no es la aplicación de procedimientos, sino el amor incondicional, el cariño sincero y desinteresado, el apreciar a los demás. Eso es lo que puede evitar que un cliente se suicide, ya sea un suicidio físico, o ya sea un suicidio psicológico (ilegalidad, abuso de drogas, dejar de luchar, etc.) Esa es la vocación de cada trabajador social, aquello en lo que debe concentrarse, en lo que crecer cada día y en lo que profundizar, desarrollándose en el conocimiento, y en la vivencia, de cómo se pone ello en práctica.

14. Hemos de persistir. Todos nos equivocamos. La lección es no rendirnos. Siempre encontraremos personas con las que cooperar.


La vocación de trabajador social es la vocación de Cristo. Seamos coherentes siguiendo los pasos de Jesús.

No hay comentarios:

Publicar un comentario