martes, 24 de abril de 2012

Sin Máscara

Recientemente escuché de un grupo de personas que se conocieron en el Hospital Psiquiátrico de Madrid y conformaron un grupo de amigos; quedaron de reunirse periódicamente una vez que salieran del mismo. Se trata de personas como usted y como yo, seres humanos a los cuales, por caracteres propios y, sobre todo, por indiferencia o maltrato de los demás, llegan a una situación límite. Se encuentra una mujer, con cáncer terminal, cuyos senos fueron amputados y a quien su pareja dejó, un hombre con tendencias suicidas por abandono, un chico normal en el límite por maltrato durante su infancia… y así más personas.

Se percibe un hilo conductor: partiendo de diversas dificultades, llegaron al límite por la indiferencia de los demás, porque no reciben el apoyo que necesitan; comunican su necesidad de ayuda, y sólo reciben plegarias, aire e indiferencia como respuesta.

Vivimos en una sociedad fundada sobre la mentira; se llama democrática y humana, pero en realidad es sociedad y cultura de muerte. El problema no está en un “fantasma” llamado “sociedad”, sino en las personas, con nombre y apellidos, millones, a quienes los demás no les importan; incluso en período electoral se nota: el voto no se orienta por el compromiso con los derechos humanos, sino que se dirige a quienes me cobren menos impuestos, justificando esto con mentiras como “recortes racionales” y demás. En la vida cotidiana todos se saludan, preguntan por la familia, la salud, el gato y el perro, pero ello es auto-mentira consciente colectiva: en realidad sabemos que nos les importamos a los demás… y que los otros no le interesan a quien pregunta y saluda cálidamente…

El relato de los amigos madrileños recordome una escena de la Película The Truce basada en la homónima novela de Primo Levi. El protagonista, libre tras haber sufrido los horrores del campo de concentración de Auschwitz, se pone a vender unos artículos para ganarse la vida. Ante la falta de éxito y el hambre, comenta a un cliente que él viene de Auschwitz y que necesita vender para comer. Al mencionar ese lugar, el cliente huye, así como todos los demás del mercado, cómplices cristianos de los nazis en su genocidio. Entonces grita a los cuatro vientos relatando la verdad, la cruda de dónde viene.

Igual sucede con estos chicos, quienes viven con la cruda verdad, y de quienes se alejan con indiferencia todas las personas, cómplices de esta sociedad “democrática”, es decir, sociedad de la cultura de la muerte, personas con las manos manchadas de sangre inocente, de personas abandonadas por su indiferencia. La persona normal y corriente, con tal de no ayudar a otros, huye de los humanos en quienes percibe dolor y vulnerabilidad. Recurren a la religión para justificar esa indiferencia, y esta indiferencia mata en el nombre del D-os de esta sociedad cristiana.

Los sacerdotes de esta religión de la indiferencia y muerte, son una gran mayoría de médicos, psicólogos y trabajadores sociales, especialmente de la Seguridad Social, quienes sistemáticamente tratan con indiferencia a los necesitados, justificando esa falta de acción en la “distancia profesional” y los “protocolos, normas y procedimientos”. Estos se convierten en elementos clave para justificar sistemáticamente la falta de acción e interés por los abandonados, para quedar bien con sus colegas cómplices de las organizaciones criminales existentes en la sanidad pública.

Surge la pregunta de cómo ser diferente, cómo separarnos de la gran mayoría de la población que vive la cultura de la muerte, que tratan con indiferencia a los demás, justificándolo en la “democracia”, las normas, protocolos, procedimientos, así como en la religión.

Poco a poco procuraremos brindar elementos para una respuesta. En estos momentos solo podemos dar una pista, la pista de por dónde comenzar buscando una alternativa.

¿Dónde está la alternativa a la cultura de la muerte que caracteriza nuestra sociedad?

La respuesta ha de buscarse en el catolicismo bien entendido.

¿Por qué? Porque en nuestra sociedad el catolicismo es la única alternativa – holística (integral) y coherente– a la cultura de la indiferencia actual. Las demás corrientes religiosas o de pensamiento parten de civilizaciones (en el sentido de Mordecai Kaplan) foráneas, es decir, importan una parte de la cultura (en sentido amplio) de otros países, y pretenden radicarlas aquí. Sin embargo, el ser humano no es una máquina a quien se le pueda “insertar” un “trozo” de cultura, un fragmento de un estilo de vida integral que caracteriza la forma de vida de cada civilización. Una civilización o forma de vida colectiva se compone de pensamientos sobre todos los aspectos, relevantes e irrelevantes, del devenir vital del grupo, en conductas, normas, éticas, sociales, costumbres, valoraciones, arte en sus más variadas formas… y así un sinfín de elementos de una forma integral de vida. Las otras religiones toman un fragmento de esa civilización, y procuran introducirla en las vidas de nosotros, quienes formamos parte de otra civilización, radicalmente diferente. Ello produce disfuncionalidades y todo tipo de dificultades internas y externas a las personas, además de atomizar la sociedad de forma innecesaria e incoherente con un compromiso holístico con la dignidad humana.

Desde otra perspectiva, pero complementario a lo indicado, Häberle clama por una Segunda Escuela de Salamanca para recuperar nuestra maltrecha humanidad. Resulta sintomático que, pocas líneas después, pida a gritos un "Kant verde" (medioambiental). Podrìamos pensar qué sería de Kant si viviese en la actualidad en nuestra sociedad. Estoy más que convencido que su pensamiento se hubiese desarrollado en una línea equivalente, respecto a no-judíos, a lo que es hoy el aporte de Eugene Borowitz para el pensamiento hebreo. Borowitz es heredero del legado intelectual de Hermann Cohen, principal teórico del judaísmo reformista y, de nuevo sintomáticamente, ¡fundador del neokantismo! En el pensamiento de Borowitz (esp. Renewing the Covenant), situado en el ámbito a-racional (a priori) de la razón práctica, la razón crece hasta abarcar no sólo la razón fría del pensador típico, sino la razón cálida de la persona comprometida hasta los tuétanos con la dignidad humana. Esta razón cálida entiende que la persona no opera en el vacío, sino que la causa universal de los derechos humanos demanda su participación activa dentro de su grupo social (pueblo hebrero), para trabajar todos juntos por la justicia. Podríamos nosotros decir que un individuo no cambia nada, pero un pueblo en acción, bajo D-os, divide en dos la historia de la humanidad. Cierto estoy que un Kant nacido aquí y en nuestros tiempos, habría desarrollado su razón práctica para abarcar el compromiso holístico con la dignidad humana, de forma compartida y coordinada con el grupo de cambio social en el que se integre. Este grupo sería una religión en el buen sentido, con una visión compartida (con diferencias entre persona y persona, pero con un fondo común de compromiso), metas compartidas, y un programa de acciòn (Mordecai Kaplan). Empero, ¿qué religión recomendaría Kant? Un Kant coherente, hic et nunc, definitivamente se pronunciaría por el catolicismo. Ello se debe a que el compromiso social holísitico con la dignidad humana requiere una visión de la vida, una teología, que incluya el Derecho. Mientras las religiones cristianas expulsaron el Derecho de la teología, transfiriendo la reflexión sobre la justicia hic et nunc a otras disciplinas, el catolicismo ha sido el único testigo fiel de la Verdad, uniendo indisolublemente Derecho, justicia, moral y teología, en una unidad inescindible. Por ello, en un mundo angustioso de muerte cuya religión pagana de la indiferencia incluye un Derecho "democrático" inicuo que legitima la exclusión, la única alternativa cristiana integral (holística,) es el catolicismo, con su milenario compromiso con una sociedad alternativa. El único proyecto alternativo a la muerte actual, es el catolicismo bien entendido. Y es una magnífica alternativa.

Por otra parte, no puedo olvidar el aporte de un autor brillante al explicar su persistente compromiso católico, recordando que la Iglesia es la entidad presente en cada rincón de nuestra sociedad, sin excepción, de modo que la persona comprometida con la justicia encuentra en la misma la máxima oportunidad de ayudar a los demás.

Además de la presencia como organismo, organización y cultura, el catolicismo bien entendido constituye un rico tesoro de entrega, amor, solidaridad y compromiso, que vale la pena conocer a fondo… y vivir.


Entre la alternativa entre sociedad de la muerte y catolicismo, clamo por el catolicismo bien entendido, por la vida, la única Vida posible para la humanidad.

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